EL ALMUERZO DESNUDO

Colectiva

Pintar al desnudo

 “¡Una suerte!” Concluyó Manuela. “Una perra suerte”, asintió Daniel, menos eufórico.  Aquel melange de estilos culinarios finalmente adquiría una condición más que agradable.  Un menú  de ‘platillos’ barrocos por definición, pero contemporáneos en su propósito de disecarlo todo: comenzando por la pintura, el bodegón, la naturaleza quieta y  hasta el memento mori.

El comedor era en realidad un largo pasillo, desde la puerta de la calle hasta la cocina, atravesado a la mitad por un estrecho corredor. Las mesas negras formaban un tablero de ajedrez con el piso y los muros blancos. Todo simetría.

“¿Cuál será el primo piatto?” pregunta la chef desde la barra. La camarera responde mientras se amarra el mandil por detrás echando el pecho hacia delante. “Yo diría que empezaran por los antipastos”, le contesta con un guiño del ojo izquierdo. “Así, sin preguntar, los plantamos en la mesa y ya está!”. “Luego leerán la carta  y cada quien sacará sus conclusiones”, completa Helio, el capitán, el de más experiencia y torso sin camisa.  Él lleva la sartén por el mango. Pincel en mano.

Cítricos y mariscos, zumo de limones y aromáticos ostiones,  papas fileteadas  con hojas de alcachofa;  contraste de sabores de mar y tierra. “No puedo verlos, pero sí olerlos, sentirlos. Yo sé que están ahí”, dice Franco Aceves.  “¿Y tú con qué lo tomas?  Le susurra la camarera, ocultando las manos detrás de sí.  “A mi me traes un amaro negro con  hielo”, contesta él.

“Hace tiempo que el negocio de la gastronomía se sirve del arte y éste de aquel.  Los parroquianos ya no vienen a consumir solo sabores, quieren colores y olores de hierbas, flores, vainas, pimientas, chocolate, frituras de maíz,  y qué sé yo que más”, comentaba el señor Del Valle, asiduo repostero de golosinas visuales.

“…Y una historia, una anécdota,  un plato sólido que te haga olvidar el teléfono fotográfico ese que traes como una bola de hierro pegada al cuerpo”, pensaba Manuela, viendo toda la escena desde el pasillo como un museógrafo: midiendo las distancias entre los  cubiertos, las mesas y la pared, entre ella y las sillas, asegurándose de evitar sombras innecesarias.

Daniel continuaba con la mirada fija sobre el racimo de uvas zinfandel, de la región del Valle de Guadalupe. Ahí crece esta variedad caprichosa de uvas, que maduran en el racimo cada una a su propio tiempo y por eso es necesario  cosecharla a mano una por una.  Las zinfandel llevan el diablo por dentro, dicen las mujeres en Croacia, lugar de origen de esa variedad. Su color negro oscuro y su piel delgada y suave hacen pensar en el cuerpo de las mujeres durante el tiempo de la vendimia.

Helio comenzó a contar: “uno, dos, tres, cuatro”. Y se detuvo, volteó y alcanzó a darse cuenta de la simetría; entrecerró los ojos y continuó.  Pintaba mangos pringados de manchas de luz, producto de un fauvista enamorado de lo cromático; más bien un Debussy del pincel, con sus racimos  de tonos cristalinos. Helio recitó para sí:

Tyger tyger, burning bright,

In the forests of the night;

What immortal hand or eye,

Could frame thy fearful symmetry?

William Blake

 

La camarera se le acercó con un par de objetos entre manos, ocultos en la espalda. No quería molestarlo, y solo colocó una taza de café y dos cubiertos envueltos en fieltro: un cuchillo gris y una cucharilla negra. “¿Me permite?” Debajo de la mesa sacó un metate de piedra blanca. A Helio le recordó  una tela cruda sin imprimar. No se puede pintar lo que aun no se ha visto. Era la ley de Hopper.

Eran las 12 pm. La camarera corrió, recogió el antipastó, salió y volvió a entrar  la cocina, como si hubiera olvidado algo. Dejó caer sobre el plato la carta, con un que, un como y el  cuando.  Acto seguido, comenzó a desvertirse, primero el mandil, luego la camisa y el pantalón, dejando a  los comenzales  en libertad  de pintarla.

 

José Manuel Springer

Octubre, 2020.